El libre mercado y sus Tratados-Trampa
Se suele decir sobre los Tratados de Libre Comercio que
responden sobre todo a los intereses de las grandes corporaciones europeas,
sudamericanas (respecto a Mercosur) o, como en el último firmado con la India,
a las corporaciones indias, y que ponen en riesgo a las mayorías sociales en la
India, en Europa o en América. Pero digámoslo claro: Las grandes corporaciones
no pertenecen a ningún país o territorio concreto del Globo. Simplemente
perjudican a todos, incluso a esa élite económica que pretende acaparar las
riquezas que esquilman por doquier, tanto las naturales como las extraídas de
la explotación humana.
Se firman con absoluta opacidad, pero cuando se quieren
promocionar por las grandes ventajas que suponen, se acude sistemáticamente a
datos macroeconómicos que significan muy poco para medir el bienestar social de
las poblaciones afectadas. Simplemente se presume de que, beneficiando a esas
grandes corporaciones, estas serán las encargadas de dejar que fluya la riqueza
hacia abajo, al cuerpo social de cada territorio al que afecta el Tratado.
Las multinacionales, sean europeas, americanas o asiáticas, no
tienen “patria”, no son ni europeas ni de ningún lugar. Pero sí son las reinas
en los distintos sectores de la economía, como farmacéuticas, servicios
financieros, agroindustria, telecomunicaciones y plataformas digitales.
Las negociaciones se desarrollan a puerta cerrada. Y si no
hay transparencia, es que hay algo que ocultar. El secreto y la opacidad son elementos
constituyentes de los tratados y acuerdos de libre comercio, al elaborarse
fuera del control parlamentario y de la ciudadanía. Miembros del Parlamento Europeo han
tenido dificultades para acceder a los textos negociados, mientras que los
lobbies empresariales disfrutan de acceso privilegiado a los borradores y los
equipos de negociación. Luego es evidente a interés de quien se negocia.
Los acuerdos también pretenden abrir sectores de Bienes
Comunes como educación, sanidad, agua o servicios digitales a las
grandes empresas, es decir, privatización y mercantilización de absolutamente
todo; con el consecuente menoscabo de las administraciones públicas para
proteger servicios esenciales.
Al margen de cifras concretas, el hecho cierto es que todos
estos tratados implican aumento de emisiones en un contexto de crisis climática
aguda que nos ha llevado ya a sobrepasar el límite propuesto por el Acuerdo de
París, de 1´5°C y encaminarnos a toda velocidad
hacia los 2°C o mas. Son acuerdos que además pretenden subirse al carro del
comercio razonable o sustentable y desarrollo sostenible en una retórica vacía
no exenta de cinismo: sin mecanismos de sanción a las violaciones de derechos laborales
o ambientales. Los compromisos climáticos y los sociales que puedan contener
los Tratados están sometidos a la lógica, bastante irracional, de esa mano
invisible que el modelo neoliberal nos dice que regula la economía. Por ejemplo,
un criterio a asumir si se presume de sostenibilidad en los Tratados sería que siempre
se opte por las transacciones que tienen una huella de carbono e hídrica menor.
Este criterio no puede ser tachado de proteccionista, sino que es un criterio
ambiental transversal real y con el que la UE y los demás actores en esos
tratados dicen tener compromisos. Y eso es imposible que se cumpla en estos
acuerdos. Contando con producciones de temporada en la zona UE, por criterio
ambiental, no deberían entrar producciones obtenidas a miles de kilómetros y
por tanto, transportadas miles de km a costa de producir CO2.
Es
un poco la lógica que expresaba un magistrado estadounidense hace muchos años:
“Podemos
tener democracia o tener una gran riqueza concentrada en las manos de unos
pocos, pero no podemos tener ambas cosas”
No podemos mitigar el cambio climático
y cumplir con los compromisos de emisiones en el marco de ningún Tratado de
Libre Comercio.
Todos los tratados comerciales internacionales afectan en
algo tan fundamental como la Soberanía de los pueblos, tanto la territorial y
alimentaria, como la energética, digital o tecnológica… de los países que los
suscriben. Lo que hay en los Tratados es una pugna entre intereses
contrapuestos entre distintos sectores productores (no solo el
agroalimentario), entre estados nacionales de diferente corte y con diferentes
reglas, pero, sobre todo, enormes grupos lobistas al servicio de enormes
corporaciones, que han crecido al amparo del axioma capitalista de la
acumulación de capital en pocas manos. Y
esto afecta a la capacidad de los pueblos y territorios de autoabastecerse de
alimentos básicos y otras producciones y servicios esenciales, es decir, a su
soberanía. Porque lo que asegura son grandes oportunidades de negocio y
beneficios a las grandes empresas agroalimentarias, farmacéuticas, digitales
etc. a costa de desproteger a los consumidores, de los servicios que provee la
naturaleza, en definitiva, pasando por encima de las necesidades vitales de la
mayoría social.
Los tratados de Libre Comercio están pretendiendo apuntalar un
sistema económico que se desmorona al no poder mantener un crecimiento
exponencial que está en la base de su funcionamiento. Y es que la naturaleza es
el mayor obstáculo para el futuro del sistema de libre mercado, y no puede ser
tratada como un adversario. No se pueden negar las enormes presiones que
ejercen las economías capitalistas sobre la naturaleza; porque estando contenidas en un mundo
físico y finito; sin embargo, generan contaminación, residuos y calor, que
devuelven a la biosfera sin medirlos como costes. Los costes ecológicos reales
se repercuten y han de ser soportados por la sociedad y el planeta en su
conjunto.
Aunque nos quieran convencer de sus bondades, los tratados de
libre comercio son documentos que rebajan los niveles de protección social y
medioambiental de forma drástica y pretenden limitar la capacidad de los
gobiernos para legislar en beneficio de su ciudadanía.
¿Qué hay detrás de la semántica empleada en estos Tratados? Un
uso de eufemismos como el que el alude al libre comercio, aunque los tratados no
tengan nada que ver con un intercambio libre entre partes iguales, ya que se
han ido creando instituciones y normas jurídicas más privadas que públicas. Con
sus propias lógicas de funcionamiento y con efectos sobre las mayorías sociales
del planeta, porque el orden del comercio mundial está hecho a la medida de las
grandes corporaciones que los diseñan.
En definitiva, los Tratados llamados de Libre Comercio,
siempre tienen trampa.
Carmen Molina Cañadas
Publicado en el Blog de Público, Ecologismo de Emergencia, el 10 de febrero de 2026
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